
Acabo de terminar Todo lo que sé sobre el amor de Dolly Alderton y tengo sentimientos encontrados.
Empecé el libro con la sensación de que iba a ser una lectura ligera, casi superficial… y, durante bastante parte del libro, lo es. La autora recorre su juventud entre borracheras, ligoteos y resacas, en un bucle que llega a hacerse repetitivo. De hecho, hubo momentos en los que me planteé dejarlo.
Pero entonces algo cambia, porque llega un punto en el que la propia Dolly empieza a darse cuenta de que esa forma de vivir no la está llenando. Que hay un vacío detrás de todo eso. Y ahí el libro da un giro: deja de ser solo una sucesión de anécdotas y empieza a ser una reflexión mucho más honesta sobre la soledad, las expectativas y la búsqueda de sentido.
Y es justo ahí donde, para mí, gana fuerza.
También hay una reflexión muy presente sobre hacerse mayor, especialmente cuando la autora se acerca a los treinta. Y aquí no he podido evitar mirarlo desde mi propio lugar. A mí, que estoy a punto de cumplir 47, me hace cierta gracia ese “vértigo” de los treinta. Cumplir años no tiene alternativa: o envejeces o no estás. Pero sí, claro que da vértigo.
Es curioso cómo cambiar de decena solo hace ilusión a los diez… y quizá a los veinte. Después ya no tanto. O nada en absoluto.
Ahora que me acerco a los cincuenta sé que me dará mi pequeño ataquito. La salud ya no es la misma, la menopausia asoma y los achaques llevan años avisando. Así que mientras leía esas reflexiones pensaba: “no sabe lo que le espera”.
Y, sin embargo, hay algo en lo que Dolly acierta de pleno. Llega un momento en el que te preguntas: “¿Y esto es todo?”. La vida no suele parecerse a lo que imaginabas de joven. Pero si estás bien, si los tuyos están bien, si hay cierta estabilidad y calma… al final, una aprende a valorar eso como suficiente.
Y este libro, si hay algo que me ha gustado especialmente es cómo explora la amistad. La relación de Dolly con sus amigas —y cómo evoluciona desde la adolescencia hasta la adultez— está tratada con mucho cariño y mucha verdad. Hay algo muy reconocible en esas dinámicas, en esos cambios, en lo que se pierde y lo que permanece. Al final, lo que queda no son las historias de amor romántico, sino otra cosa. Porque Dolly acaba entendiendo que sus grandes historias de amor han sido sus amigas. Y especialmente una de ellas, Farly.

No es un libro perfecto, ni creo que conecte con todo el mundo. Pero sí tiene momentos de lucidez que hacen que merezca la pena seguir leyendo hasta el final. Tiene su parte frívola, como he dicho, pero me quedo con la parte con la que sí he conectado.
Este libro lo he leído en préstamo de la biblioteca de Peñíscola. Me encanta ir a la biblioteca siempre que puedo: descubres libros, ahorras y además apoyas un servicio público que merece muchísimo la pena.
¿Lo has leído? ¿Te pasa que a veces un libro mejora muchísimo y te alegras mucho de no haberlo abandonado cuando no te estaba aportando apenas nada? Cuéntamelo.
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